Experiencia de primera mano de un refugiado

Bombardeo israelí en Beirut, 2006.

Bombardeo israelí en Beirut, 2006.

Traducido por Jimena Lona, voluntaria de traducción, Cruz Roja Americana, Washington, DC

Historia por Shannon Vance, Practicante de Asistencia a las Fuerzas Militares y Servicios Internacionales, Peoria, Illinois

Era el verano de 2006 y Allan Ghareeb, actualmente un estudiante de medicina de 22 años, había vivido en Estados Unidos por cuatro años. Originarios de Beirut, Líbano, los padres de Allen decidieron que era mejor criar a sus hijos en Estados Unidos. Se aseguraron de mantenerse cercanos a la familia que habían dejado en Líbano visitándolos cada año. Fue durante una de esas visitas que Allen experimento de primera mano lo que la mayoría de los americanos solo escuchan en las noticias. A la edad de 13 años, estaba en una situación de refugiado.

Hezbolá, un grupo militante del Islam con base en el Líbano, había secuestrado a dos soldados israelís. Horas después, Allen y su familia comenzaron a escuchar bombas caer. Pronto se dieron cuenta que algo más grande de lo que esperaban estaba sucediendo. Como represalia, el gobierno israelí había comenzado a bombardear Beirut. Les dieron 24 horas para evacuar la ciudad y pasaron la siguiente semana huyendo de un lugar a otro por todo el Líbano.

Mientras que el bombardeo empeoraba, los caminos para salir del país fueron destruidos y los aeropuertos atacados. “Nos dimos cuenta que era hora de salir de Beirut cuando se llego al punto en que, cuando mi hermanita estaba durmiendo, teníamos que cubrir su cuerpo entero con cobijas para protegerla de los pedazos de vidrio que salían de los impactos de las bombas.” Su familia huyo a la costa oeste para evitar la mayor parte del peligro. Unos días después, cuando los bombardeos cesaron, su familia se dirigió a la Embajada de Estados Unidos para pedir ayuda.

Con solo una mochila permitida para cinco personas, les dijeron a los Ghareeb que serían evacuados en un helicóptero militar en ocho horas. De ahí, volarían a la isla de Chipre. “Debido a que todo paso tan rápido, no pudimos decir adiós a la mayoría de nuestra familia. Fue muy molesto ya que la guerra nos hizo preguntarnos cuando seria la próxima vez que los veríamos.”

Mezclados en un helicóptero lleno de personas hacia un centro de convenciones lleno de catres, Allen recuerda que le dieron un cepillo de dientes de plástico. “Fue en ese momento cuando me sentí como un refugiado por primera vez. Estábamos sucios, con miedo, cansados y sin saber que esperar.” Se habían unido oficialmente a la lista de espera de personas para volar de regreso a Estados Unidos.

Después de dos semanas de estar rodeados por incertidumbre, destrucción y muerte, Allen y su familia regresaron a Estados Unidos. Al ser los únicos con nacionalidad estadounidense, el resto de la familia libanesa se tuvo que quedar y luchar para lograr salir del conflicto. “Perdí a uno de mis primos durante un ataque aéreo cerca de la frontera con Siria. En definitiva es un sentimiento perturbador cuando tienes que dejar al resto de tu familia en el peligro. Hay un sentimiento de culpa asociado con eso.”

Refiriéndose a sí mismo como un “neo-refugiado,” Allen reconoce la suerte tan única que tuvo. Tuvo a otro país para ayudarlo a traerlo de regreso a la seguridad. Muchos refugiados, en Líbano y el cualquier otro lado, no tienen este lujo. El poder llamar casa a Estados Unidos le dio cierto sentido de protección por el cual esta extremadamente agradecido. Su pasaporte le dio el derecho y privilegios que muchos de su familia no tuvieron.

Mientras que la familia de Allen no necesito ayuda de la Cruz Roja Americana, miles de refugiados cada año si la necesitan. El programa de Restablecimiento de Contacto Familiar provee a las familias que han sido separadas por desastres internacionales o conflicto una de las cosas que más necesitan: una forma de comunicarse con familiares con los que han perdido el contacto.